Texto bíblico:
Deuteronomio 28:12
“Abrirá el SEÑOR para ti su buen tesoro, los cielos, para dar lluvia a tu tierra a su tiempo y para bendecir toda la obra de tu mano; y tú prestarás a muchas naciones, pero no tomarás prestado.”
Qué hermoso es saber que Dios desea bendecirnos y bendecir lo que tenemos, lo que Él mismo nos ha dado. Esta es una verdad tan grande: todo lo que tenemos viene de Dios y todo lo que tenemos debe ser bendecido por Dios: la familia, el trabajo, la obra de nuestras manos. Esa es la voluntad de nuestro Dios.
Pero muchas veces pensamos en la bendición de Dios como algo automático en la vida de las personas, cuando en realidad la bendición depende mucho de nuestra obediencia a su Palabra.
Como lo hemos dicho antes, las promesas de Dios no son cosa de suerte ni de azar, son consecuencia de la obediencia al mandamiento de Dios:
Primero, lo que Dios ya te mandó en su Palabra.
Segundo, lo que día a día te dice que debes hacer, y eso es ser guiados por el Espíritu Santo de Dios.
“Y sucederá que si oyes atentamente la voz de YHVH tu Dios, para obedecer, para guardar todos sus mandamientos que yo te ordeno hoy, también YHVH tu Dios te levantará sobre todas las naciones de la tierra.”
Oír atentamente (shamá): oír inteligentemente, prestar atención con deseo de obediencia.
Es como cuando suena una alarma de seguridad en el barrio: la escuchamos y enseguida pensamos cómo reaccionar a ese llamado, tal vez poniéndonos a salvo o tomando algún arma de defensa para prevenir algún peligro. Pero jamás nos quedamos acostados en la cama sin prestar atención, porque esa alarma requiere una acción.
Así mismo debe ser el hombre al oír la Palabra de Dios.
Significa poner por obra, llevar a la práctica, no siendo oidores olvidadizos sino hacedores de la Palabra de Dios ( Santiago 1:22-25 ).
22 Mas sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.
23 Porque si alguno oye la palabra, y no la pone por obra, este tal es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural.
24 Porque él se consideró a sí mismo, y se fue, y luego se olvidó qué tal era.
25 Mas el que hubiere mirado atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y perseverado en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en su hecho.
El que se mira en el espejo se mira a sí mismo y ve su realidad. La mente puede engañar y hacernos pensar que somos de una manera diferente porque así nos sentimos.
Ejemplo: como el que va al gimnasio y saliendo el primer día ya siente que está musculoso, pero cuando va al espejo se topa con la realidad: la verdad de que recién fue un día y necesita perseverar para ver resultados favorables y tener una conducta alimenticia buena; de lo contrario, solo se engaña a sí mismo.
De la misma manera somos en el espejo de la Palabra de Dios: podemos darnos cuenta si en verdad somos espirituales o carnales, según nuestra perseverancia, disciplina y obediencia a Dios.
En el templo de Israel los sacerdotes iban primero al lavacro, donde se miraban y se lavaban las manos; veían su realidad y se limpiaban. Así mismo debe ser la Palabra de Dios en nuestras vidas.
Entre el templo y el altar, antes de entrar a su presencia a llevar el sacrificio, primero miremos nuestra realidad y dejemos que la Palabra de Dios nos limpie y nos lave de toda mala conducta, para después pasar y presentar la ofrenda a Dios.
Ahora, en Santiago: ¿por qué se olvidó de cómo era?
Porque oyó, pero no actuó. No oyó inteligentemente, y por eso no hubo cambio en su vida.