“Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies?... Respondió Jesús: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”
Cuando hablamos de la limpieza más importante, no estamos diciendo que las otras limpiezas no sean necesarias. La limpieza doctrinal es importante. La limpieza moral es importante. La limpieza externa también es importante. Pero hay una limpieza que determina si tendremos o no parte con Cristo: el lavamiento de los pies.
Y eso es fuerte. Porque Jesús no dijo: “Si no entiendes todo”, ni “si no conoces toda la Escritura”. Dijo: “Si no te lavare, no tendrás parte conmigo”.
Esto conecta directamente con lo que más adelante enseña la Escritura:
“Si sufrimos, también reinaremos con él;
Si le negáremos, él también nos negará.” (
2 Timoteo 2:12
)
No se trata solo de estar en la iglesia. Se trata de tener parte con Él.
En Juan 13:10 Jesús dice:
“El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio.”
Aquí vemos una diferencia clara:
El que ya está lavado (salvación).
El que necesita lavarse los pies (limpieza continua del alma).
Hay personas que han sido lavadas por la sangre de Cristo. Han creído. Han nacido de nuevo. Pero aún necesitan que Cristo les lave los pies.
¿Por qué? Porque los pies tocan la tierra. Los pies caminan por el polvo. Los pies se ensucian en el trayecto.
Espiritualmente, los pies representan nuestro caminar diario, nuestras decisiones, nuestras reacciones, nuestras luchas internas.
La limpieza de los pies es la limpieza del alma.
El alma está compuesta por:
La mente
El corazón
La voluntad
Podemos tener conocimiento bíblico en la mente. Podemos haber experimentado toques de Dios en el corazón. Podemos haber tomado decisiones emocionales de seguir a Cristo. Pero eso no significa que el alma esté completamente rendida.
En la Escritura vemos casos interesantes:
Saúl recibió un nuevo corazón ( 1 Samuel 10:9 ), pero su obediencia no fue completa, porque no entregó su voluntad al padre.
David llenó su mente con la ley de Dios.
Salomón recibió sabiduría extraordinaria.
Pero solo Jesucristo entregó completamente; mente, corazón y voluntad al Padre. En Getsemaní dijo:
“No se haga mi voluntad, sino la tuya.” ( Lucas 22:42 )
Allí vemos la rendición total del alma.
“Señor, ¿tú me lavas los pies?”
La reacción de Pedro no fue simplemente sorpresa. Fue resistencia, y vamos a analizar porque el no dejarse lavar el alma no nos deja tener parte con Cristo, pues es su ejemplo el que debemos seguir, si el se entregó completamente al Padre, entonces nosotros también debemos hacerlo.
Pedro no se quiso dejar lavar los pies por;
El lavamiento de pies era un acto íntimo. Implicaba quitarse las sandalias, exponer la parte más sucia del cuerpo.
Espiritualmente, eso es lo que más nos cuesta: que Dios toque las áreas que escondemos.
Podemos levantar las manos en adoración.
Podemos predicar.
Podemos servir.
Podemos conocer mucha Biblia.
Pero cuando el Señor quiere tocar una herida del pasado, un resentimiento oculto, una lucha interna, ahí reaccionamos como Pedro.
Nos da vergüenza.
La vergüenza produce doble vida:
Por un lado disfrutamos de la presencia de Dios.
Por otro lado escondemos los pies sucios.
Pero la Escritura dice:
“Todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta.” ( Hebreos 4:13 )
Él Señor ya sabe. La pregunta no es si Él lo ve. La pregunta es si nosotros lo dejamos limpiar.
Los pies sucios muestran el trayecto recorrido.
Cuando alguien se quita los zapatos, se evidencia el desgaste. Las medias rotas. La suciedad acumulada.
Eso habla de lo que venimos arrastrando.
Muchos cristianos aman a Dios, pero aún cargan:
heridas del pasado,
traiciones no sanadas,
temores económicos, o familiares
complejos,
resentimientos.
Y esas cosas siguen atando el alma.
Proverbios 4:23 dice:
“Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.”
Si el corazón sigue atado al pasado, el caminar nunca será libre.
Pedro parece humilde cuando dice: “¿Tú me lavas a mí?”
Pero en realidad está resistiendo.
A veces nuestra supuesta humildad es orgullo disfrazado.
“No soy digno.”
“No merezco.”
“No quiero incomodar.”
Pero la verdadera humildad no es rechazar la obra de Cristo. Es permitir que Él haga lo que vino a hacer.
Y Jesús le responde con una frase contundente:
“Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”
No dejarse lavar es grave. Porque implica seguir gobernando áreas del alma que solo Cristo debe gobernar.
Veamos la mente, el corazón y la voluntad de Pedro en momentos clave, y examinemos a aquel que no quiso dejarse lavar los pies, y entenderemos porque:
Cuando vienen a arrestar a Jesús, Pedro saca la espada y corta la oreja de Malco ( Juan 18:10 ).
Esa reacción revela que su mente todavía era terrenal.
Actuó desde la emoción, desde la ira.
Jesús lo corrige y le dice que el que vive por la espada, morirá por la espada ( Mateo 26:52 ).
Aquí vemos la diferencia entre:
mente terrenal: reacción, impulso, violencia.
mente celestial: sumisión al plan del Padre.
Romanos 12:2 dice:
“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento.”
Pedro todavía necesitaba renovación.
Pedro dijo: “Aunque todos te abandonen, yo no.”
Pero negó tres veces.
¿Qué revela eso?
Que el corazón es más profundo que nuestras palabras.
Jeremías 17:9 dice:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas.”
Podemos declarar fidelidad con la boca, pero en el momento de presión sale lo que realmente habita dentro.
Muchos dicen: “Dios es mi proveedor.”
Pero viven con miedo constante.
Eso revela que el corazón aún no está completamente rendido.
Después de la muerte de Jesús, Pedro dijo: “Voy a pescar.” ( Juan 21:3 )
Volvió a las redes.
Eso muestra que su voluntad todavía no estaba firme. La emoción lo había llevado a dejarlo todo, pero la prueba lo llevó a regresar.
Por eso Jesús, ya resucitado, le pregunta tres veces:
“¿Me amas?”
No era solo restauración emocional. Era confrontación de la voluntad.
Si me amas, haz mi voluntad.
La voluntad de Cristo para Pedro no era pescar peces, sino pescar hombres.
“Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.”
El que no se deja lavar:
sigue reaccionando con mente carnal,
sigue guardando temores en el corazón,
sigue tomando decisiones según su propia voluntad.
Y así no se puede reinar con Cristo.
Porque reinar implica haber aprendido primero a rendirse.
La pregunta no es si amas a Cristo.
La pregunta es si te estás dejando lavar el alma por ÉL.
¿Has rendido tu mente?
¿Has rendido tu corazón?
¿Has rendido tu voluntad?
¿O sigues volviendo a tus redes cuando las cosas se ponen difíciles?
Cristo sigue dispuesto a lavarnos los pies, el alma.
Sigue dispuesto a tocar lo que más escondemos.
Sigue dispuesto a limpiar lo que más vergüenza nos da.
La limpieza más importante no es externa.
Es interna.
Es profunda.
Es del alma.
Y cuando el alma es lavada, entonces sí tenemos parte con Él, porque el pecado no a de heredar en el reino de los cielos.
Amén.
Ahora en una segunda parte explicaremos cómo cómo Dios usa los cinco ministerios, a sus ministros verdaderos para llevar a cabo la labor de lavar el alma de los hijos de Dios ya que Cristo les dijo lo que yo hago con ustedes hagan ustedes con sus hermanos, así que te animo a examinar la segunda parte de esta enseñanza.