Decápolis
Era una región compuesta por diez ciudades de influencia principalmente griega y romana, ubicada al oriente del Mar de Galilea. Allí convivían diferentes culturas y costumbres, muchas de ellas alejadas de la ley de Dios.
Es precisamente en esta región donde Jesús realiza uno de los milagros más impactantes de su ministerio.
"Y le rogaba mucho que no los enviase fuera de aquella región."
Algo sorprendente ocurre aquí: los demonios le ruegan a Jesús que no los expulse de aquella región.
Esto nos lleva a reflexionar:
¿Por qué querían quedarse allí?
La Biblia no lo explica directamente, pero sí podemos observar algunas características espirituales de aquella sociedad.
Había una gran cantidad de cerdos.
Para los judíos, el cerdo era un animal inmundo ( Levítico 11:7 ).
Aquella economía estaba basada en algo que la ley de Dios consideraba impuro.
Aplicación:
Cuando una sociedad normaliza el pecado, pierde sensibilidad espiritual y abre puertas al enemigo.
Cuando los demonios entraron en los cerdos, éstos se precipitaron al mar.
La reacción de la gente no fue celebrar la liberación del hombre.
Su preocupación principal fue la pérdida económica.
Aplicación:
Cuando las cosas materiales son más importantes que las personas, algo está espiritualmente mal.
Marcos 5:15 dice que encontraron al hombre:
"Sentado, vestido y en su juicio cabal."
Y tuvieron miedo.
Durante años convivieron con un endemoniado violento.
Pero cuando Jesús lo transformó, entonces sintieron temor.
Aplicación:
Hay corazones que se acostumbran tanto a las tinieblas que la luz les incomoda.
"Comenzaron a rogarle que se fuera de sus contornos."
Qué contraste.
Los demonios le habían rogado algo.
Y ahora la población le ruega exactamente lo mismo: que se vaya.
Prefirieron conservar su estilo de vida antes que recibir al Salvador.
Los lugares favoritos del enemigo son aquellos donde:
Que nuestra vida, nuestra familia y nuestra iglesia no sean morada para el enemigo, sino templo del Espíritu Santo.
"¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?"
Es impresionante que quienes muchos hombres no reconocían, los demonios sí lo reconocían.
No dijeron:
"profeta",
"maestro",
o "sanador".
Lo llamaron:
"Hijo del Dios Altísimo".
El término "Altísimo" era una forma de referirse al Dios soberano sobre toda autoridad, poder y dominio.
Los demonios sabían perfectamente quién estaba delante de ellos.
Sabían que estaban frente al Rey de reyes.
"También los demonios creen, y tiemblan."
La fe salvadora no consiste únicamente en reconocer quién es Cristo.
Los demonios también lo reconocen.
La diferencia es que el creyente se rinde a Él.
Los demonios pidieron entrar en los cerdos.
Jesús se los permitió.
Los cerdos corrieron violentamente hacia el mar y murieron ahogados.
Los demonios son seres espirituales.
Los cerdos murieron.
Los demonios no.
La Escritura no dice específicamente qué ocurrió después con ellos.
Sin embargo, podemos reflexionar sobre el simbolismo bíblico del mar.
En muchos pasajes el mar representa:
"Y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados."
Dios habla del perdón completo de nuestros pecados.
Lo que Él arroja al fondo del mar no vuelve a ser recordado.
¿No será que los demonios se estaban escondiendo de la presencia del Eterno en un lugar de olvido?
Podemos imaginar el contraste:
Los demonios suplicando:
"No nos atormentes."
Y Cristo mostrando absoluta autoridad sobre ellos.
No hay negociación.
No hay lucha.
No hay resistencia.
Solo una orden del Hijo de Dios.
Aquellos demonios se encontraron cara a cara con Aquel que tiene toda autoridad.
Por eso se postraron.
Por eso suplicaron.
Por eso temieron.
Esta escena nos recuerda que llegará un día cuando toda rodilla se doblará delante de Cristo.
Los demonios ya saben quién es Él.
Un día toda la creación también lo reconocerá.
Mientras los demonios temblaban ante la presencia del Hijo del Dios Altísimo, nosotros tenemos un privilegio extraordinario.
Cristo no vino solamente a demostrar autoridad sobre los demonios.
Vino a salvar pecadores.
Murió por nosotros en la cruz.
Resucitó para darnos vida eterna.
Y ahora, por medio de Él, tenemos acceso al Padre.
Aquel ante quien los demonios temen comparecer es el mismo que nos llama hermanos, nos perdona y nos recibe por gracia.
Por eso damos gloria a Dios por Jesucristo, nuestro Señor y Salvador.
"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre." ( 1 Timoteo 2:5 )
¡Gloria a Dios por Jesucristo!