La segunda carta a Timoteo tiene un contexto muy especial.
Pablo está preso en Roma y sabe que su vida está llegando a su final. Ha sufrido por predicar a Cristo, muchos lo han abandonado y otros se han apartado.
Pero antes de morir, Pablo escribe a Timoteo, su “amado hijo”.
Timoteo se encontraba sirviendo al Señor en Éfeso, enfrentando una sociedad dominada por la idolatría y una iglesia donde comenzaban a introducirse falsas doctrinas.
Pablo no le escribe para desanimarlo.
Le escribe para fortalecerlo, recordarle quién es y animarlo a permanecer firme.
Pablo comienza recordándole a Timoteo algo fundamental:
“Trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también.”
2 Timoteo 1:5
Timoteo no comenzó su caminar de fe de la nada.
Hubo una generación anterior que sembró en él.
Loida → Eunice → Timoteo.
Esto nos enseña el poder de una fe que se transmite.
Loida no sabía todo lo que Dios haría con su nieto.
Eunice tampoco podía imaginar hasta dónde llegaría el ministerio de Timoteo.
Pero ambas hicieron algo fundamental:
enseñaron la fe.
No estamos hablando de personas perfectas.
Estamos hablando de personas que deciden creer en Dios, compartir su fe y perseverar en sus promesas.
Después de recordarle de dónde venía su fe, Pablo le dice:
“Por lo cual te aconsejo que avives el fuego del don de Dios que está en ti.”
2 Timoteo 1:6
Timoteo tenía un llamado y un don de Dios.
Pero debía mantenerlo encendido.
El fuego espiritual necesita ser cuidado.
Hay momentos en los que las dificultades, el cansancio, las decepciones y las luchas pueden intentar apagar nuestra pasión por Dios.
Por eso Pablo le dice:
“Aviva el fuego.”
No abandones.
No retrocedas.
No permitas que las circunstancias apaguen aquello que Dios puso en ti.
Pablo continúa:
“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.”
2 Timoteo 1:7
Timoteo necesitaba valor para enfrentar lo que estaba viviendo.
Y nosotros también.
La vida cristiana no está libre de dificultades.
Pero cuando llegan las pruebas, Dios no quiere que huyamos.
Nos ha dado:
Poder, para permanecer firmes.
Amor, para seguir sirviendo aun cuando otros nos hagan daño.
Dominio propio, para mantenernos firmes y actuar conforme a la voluntad de Dios.
La fe verdadera no elimina las pruebas.
Nos prepara para atravesarlas.
Pablo continúa diciendo:
“Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo.”
2 Timoteo 1:8
Pablo estaba preso por Cristo.
Y ahora le dice a Timoteo:
No te avergüences de mí.
No te avergüences del evangelio.
No tengas miedo de identificarte con Cristo.
En una sociedad que rechazaba el mensaje cristiano, Timoteo tenía que decidir si permanecería firme.
Y nosotros también tenemos que decidirlo.
Porque llegará el momento en que tendremos que escoger entre:
agradar a los hombres o permanecer fieles a Cristo.
Pablo dice:
“Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”
2 Timoteo 1:12
Aquí aparece una palabra importante: depósito.
Pablo tenía plena confianza en Dios.
Pero también le dice a Timoteo:
“Guarda el buen depósito por el Espíritu Santo que mora en nosotros.”
2 Timoteo 1:14
Aquí encontramos una responsabilidad espiritual.
Dios deposita en nosotros cosas preciosas:
Y nosotros debemos guardarlas.
Es una relación de dos carriles:
Nosotros confiamos en Dios.
Y nosotros guardamos aquello que Dios nos ha confiado.
No podemos decir que confiamos en Dios mientras abandonamos su Palabra.
Pablo le dice a Timoteo:
“Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste, en la fe y amor que es en Cristo Jesús.”
2 Timoteo 1:13
Timoteo recibió el evangelio de Pablo.
Ahora tenía que conservarlo y transmitirlo correctamente.
La iglesia no puede cambiar el evangelio para hacerlo más cómodo.
No podemos reemplazar la verdad por opiniones.
No podemos cambiar a Cristo por filosofías humanas.
Lo que recibimos debemos conservarlo.
Y lo que conservamos debemos transmitirlo a la siguiente generación.
En este capítulo aparecen ejemplos de personas que tomaron caminos diferentes.
Pablo menciona:
“Ya sabes esto, que me abandonaron todos los que están en Asia, de los cuales son Figelo y Hermógenes.”
2 Timoteo 1:15
Ellos representan una triste realidad:
algunos, cuando llega la prueba, abandonan.
Pero inmediatamente encontramos otro ejemplo:
“Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas.”
2 Timoteo 1:16
Onesíforo hizo lo contrario.
No huyó.
No se avergonzó.
Buscó a Pablo y lo ayudó.
La diferencia no estaba en que uno conociera las pruebas y el otro no.
La diferencia estaba en cómo respondieron ante ellas.
La prueba puede producir dos resultados:
Figelo y Hermógenes: huir.
Onesíforo: permanecer fiel.
Pablo presenta a Timoteo como un ejemplo de alguien que siguió el diseño de Dios.
En Filipenses dice:
“Pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros.”
Filipenses 2:20
Y añade:
“Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús.”
Filipenses 2:21
Timoteo había aprendido algo que muchos habían olvidado:
servir a Cristo antes que buscar sus propios intereses.
Pablo incluso dice:
“Como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio.”
Filipenses 2:22
Este es el resultado de una fe verdadera:
una persona que se vuelve útil en las manos de Dios.
Pablo invirtió en Timoteo.
Timoteo recibió esa inversión.
Y Timoteo llegó a ser un hombre que podía servir, enseñar y cuidar a la iglesia.
La pregunta para nosotros no es solamente:
¿Soy cristiano?
La pregunta es:
¿Qué clase de cristiano estoy llegando a ser?
¿Soy de los que abandonan cuando llega la dificultad?
¿Soy de los que se avergüenzan del evangelio?
¿Soy de los que buscan solamente lo suyo?
¿O soy de los que permanecen fieles?
Dios quiere producir en nosotros una fe que pueda ser vista.
Una fe que sirva.
Una fe que ame.
Una fe que permanezca.
Una fe que pueda ser transmitida a otros.
Pablo estaba llegando al final de su vida.
Había sufrido.
Había sido abandonado.
Pero no había abandonado a Cristo.
Ahora tenía delante a Timoteo, su amado hijo en la fe, y quería que continuara la obra.
Loida enseñó a Eunice.
Eunice enseñó a Timoteo.
Pablo discipuló a Timoteo.
Y Timoteo llegó a ser un hombre útil para el evangelio.
Este es el diseño de Dios:
recibir la fe, vivir la fe, guardar la fe y transmitir la fe.
No sabemos cuánto tiempo tenemos.
Pero sí sabemos lo que debemos hacer mientras estemos aquí:
seguir, perseverar y permanecer fieles.
Porque Dios quiere hacernos útiles en sus manos.
Y cuando decidimos permanecer firmes, aun en medio de las pruebas, podemos decir como Pablo:
“Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.”
2 Timoteo 1:12
No huyamos de la batalla.
No nos avergoncemos del evangelio.
Guardemos el depósito.
Permanezcamos fieles.
Y sigamos adelante hasta ver la gloria de Dios.