Abrir los ojos a lo celestial
Lo que vamos a hacer ahora no es cualquier cosa. Vamos a hablar de la Palabra eterna del Dios vivo y verdadero. Vamos a hablarle a un pueblo comprado por precio de sangre, nación santa, real sacerdocio, pueblo adquirido por Dios. Por eso, primero debemos entender qué estamos haciendo y por qué lo hacemos.
"Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios..." ( 1 Pedro 2:9 ).
La Biblia no es un libro más. Es la voz de Dios llamando a hombres y mujeres para sacarlos de lo temporal y hacerlos participar de lo eterno.
Normalmente todos nosotros tenemos los ojos cerrados a lo celestial. Nacemos viendo únicamente lo que está delante de nosotros: el trabajo, el dinero, los estudios, los problemas, los sueños personales y las preocupaciones de esta vida.
La Escritura dice:
"Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente." ( 1 Corintios 2:14 ).
Abrir los ojos a lo celestial es entender para qué estamos aquí. Es comprender para qué Dios nos llamó. Es entender que somos pueblo escogido de Dios. Es aprender a mirar más allá de lo natural. Es comenzar a ver la vida como Cristo la vio.
Es salir del molde que muchas veces nuestros padres, nuestros abuelos o la sociedad nos enseñaron acerca de cómo se debe vivir.
La mayoría de nosotros viene de familias donde el centro de la vida era trabajar, producir, sobrevivir y asegurar el mañana. Recuerdo, por ejemplo, a mi abuela. Era una mujer muy trabajadora, muy afanada. Era cristiana, pero gran parte de su vida transcurrió dedicada a su trabajo. Fue solamente cuando llegó la enfermedad y la vejez que comenzó a involucrarse mucho más en las cosas del Reino: predicando la Palabra a sus hijos, a su familia y a otras personas.
Y esto nos lleva a una pregunta muy seria: ¿cuántos esperan toda una vida para abrir sus ojos a lo eterno?
La Biblia presenta varios ejemplos.
Lot, el sobrino de Abraham, escogió las llanuras fértiles de Sodoma porque sus ojos estaban puestos en la prosperidad visible y no en la voluntad de Dios ( Génesis 13:10-13 ).
Esaú vendió su primogenitura por un plato de lentejas porque valoró más una necesidad momentánea que una herencia eterna ( Génesis 25:29-34 ; Hebreos 12:16-17 ).
Judas Iscariote entregó al Hijo de Dios por treinta monedas de plata ( Mateo 26:14-16 ).
El rico de Lucas 16 vivió para sí mismo mientras Lázaro permanecía a su puerta. Cuando ambos murieron, quedó demostrado que la verdadera riqueza no era la terrenal sino la eterna ( Lucas 16:19-31 ).
Todos ellos tuvieron oportunidades, pero nunca llegaron a mirar la vida desde la perspectiva del Reino de Dios.
Esa es la gran pregunta.
Muchos cristianos saben que algún día morirán, pero no meditan en ello. No se preparan para la eternidad. Continúan viviendo según el patrón que recibieron de sus padres, de sus abuelos o del mundo.
La Escritura nos exhorta:
"Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra." ( Colosenses 3:2 ).
"No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas." ( 2 Corintios 4:18 ).
Abraham es un ejemplo extraordinario.
Vivía una vida normal hasta que Dios lo llamó.
"Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré." ( Génesis 12:1 ).
Este mandato tiene tres componentes:
La obediencia a este mandato fue lo que produjo el cambio de visión de Abraham.
Podemos relacionarlo incluso con el gran mandamiento:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente." ( Mateo 22:37 ).
Dios comienza a tomar todo el ser de Abraham.
Podemos verlo de esta manera:
No era solamente un cambio de domicilio. Era un cambio completo de vida.
Después del mandato viene la promesa.
"Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré... engrandeceré tu nombre... serás bendición... bendeciré a los que te bendijeren..." ( Génesis 12:2-3 ).
Hay una palabra que aparece una y otra vez: bendición.
Antes de cambiar las circunstancias de Abraham, Dios cambió la manera en que Abraham debía mirar la vida.
Ahí comienza la visión celestial.
Una cosa es predicar porque toca hacerlo.
Otra muy diferente es predicar entendiendo que llevamos la Palabra de vida eterna.
Cuando anuncias el Evangelio llevas luz a personas que viven en tinieblas ( Juan 1:4-5 ). Llevas esperanza donde hay desesperación. Llevas reconciliación donde hay muerte espiritual.
Por eso oras.
Por eso estudias.
Por eso lees la Biblia.
Por eso te congregas.
Puedes hacer exactamente las mismas actividades con una visión terrenal, o puedes hacerlas con una visión completamente celestial.
Antes de Cristo hubo muchos líderes religiosos.
Había personas que predicaban.
Había movimientos que reunían multitudes.
Pero no permanecieron.
¿Por qué?
Porque eran proyectos nacidos del hombre.
Cristo, en cambio, comenzó diciendo:
"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado." ( Mateo 4:17 ).
Ya no era un proyecto humano.
Era el Reino de Dios irrumpiendo en la tierra.
Los hijos de Dios trabajan en esta tierra.
Se esfuerzan en esta tierra.
Abraham trabajó.
Abraham caminó.
Abraham esperó.
Pero nunca dejó de tener sus ojos puestos en las promesas de Dios.
Hebreos dice:
"Esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios." ( Hebreos 11:10 ).
Y más adelante afirma:
"Anhelaban una mejor, esto es, celestial." ( Hebreos 11:16 ).
¿Sabías que eres bendición para otros siempre que permites que Dios use tu vida?
Pero si tu mirada permanece únicamente en lo terrenal, quizá puedas ayudar a alguien materialmente, pero difícilmente podrás impartir vida eterna.
Cristo vino a traer el Reino de los cielos a la tierra.
Y a sus discípulos les encargó extender ese Reino.
Eso fue precisamente lo que entendió Gamaliel.
En Hechos 5:34-39 recordó dos movimientos anteriores a Cristo que terminaron desapareciendo.
¿Por qué desaparecieron?
Porque dependían de hombres.
Los imperios más grandes de la historia también desaparecieron.
Egipto.
Babilonia.
Persia.
Grecia.
Roma.
Todo lo terrenal termina pasando.
Pero Cristo dijo:
"El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán." ( Mateo 24:35 ).
¿Por qué?
Porque su Palabra es eterna.
Mientras tú confías en esa Palabra eterna, tu mirada permanece en lo celestial.
Mientras te alimentas de esa Palabra, tus ojos son alumbrados.
Gamaliel menciona primero a Teudas.
Este hombre apareció como un supuesto profeta. Según el historiador judío Josefo, prometía realizar señales extraordinarias y persuadía a la gente para que lo siguiera al río Jordán, asegurando que, por su palabra, las aguas se abrirían. Quería reproducir un milagro semejante al de Moisés y Josué.
A simple vista parecía alguien con una visión espiritual.
Pero el centro del movimiento no era Dios.
Era él mismo.
Buscaba seguidores.
Buscaba reconocimiento.
Buscaba prestigio.
Todo giraba alrededor de su persona.
Por eso, cuando murió, el movimiento murió con él.
Qué diferente es Cristo.
Jesús dijo:
"Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió." ( Juan 6:38 ).
El Reino nunca gira alrededor de un hombre.
Siempre gira alrededor del Padre.
Por eso Juan el Bautista dijo:
"Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe." ( Juan 3:30 ).
Y también dijo:
"El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo... se goza grandemente." ( Juan 3:29 ).
Cuando una obra busca engrandecer el nombre de un hombre antes que el nombre de Cristo, ya comenzó a perder su visión celestial.
El segundo personaje fue Judas el Galileo.
Era originario de Gamala y encabezó una rebelión durante el censo romano del año 6 d.C.
Predicaba que Israel no debía pagar tributo al César porque solamente Dios debía gobernarlos.
Su mensaje parecía muy espiritual.
Pero el camino que escogió fue la rebelión.
Organizó un levantamiento contra Roma.
Su movimiento dio origen a corrientes radicales que más tarde influirían en los zelotes.
Sin embargo, también terminó desapareciendo.
Contrasta esto con Cristo.
Cuando preguntaron a Jesús acerca del tributo, respondió:
"Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios." ( Mateo 22:21 ).
Y cuando Pedro encontró la moneda en el pez, Jesús le dijo:
"Paga por mí y por ti." ( Mateo 17:27 ).
Cristo no vino a organizar una guerrilla.
No vino a establecer un reino mediante la espada.
Vino a traer salvación.
Vino a formar un pueblo obediente.
Por eso enseñó:
"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón." ( Mateo 11:29 ).
Y también:
"No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal." ( Romanos 12:21 ).
Teudas quería poder.
Judas el Galileo quería revolución.
Cristo quiso la cruz.
Los dos primeros buscaban transformar las circunstancias.
Cristo vino a transformar el corazón.
Ellos buscaron seguidores.
Cristo formó discípulos.
Ellos murieron y sus movimientos desaparecieron.
Cristo murió, resucitó, y su Reino continúa extendiéndose hasta hoy.
Ahí está la diferencia entre una visión terrenal y una visión celestial.
Cuando Jesús anunció su muerte, Pedro quiso impedirlo.
Entonces el Señor le respondió:
"¡Quítate de delante de mí, Satanás!... porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres." ( Marcos 8:33 ).
Ese era el problema.
Pedro seguía pensando en un reino terrenal.
Jesús hablaba de un Reino eterno.
Hace algún tiempo un joven me dijo:
"Todo eso está bien. Yo entiendo la Palabra de Dios, pero la vida es diferente. Las necesidades están ahí. No puedo dejar de trabajar por buscar a Dios."
Le respondí:
"Hijo, por ese camino por el que tú quieres pasar, yo ya pasé. Si hoy estamos aquí no es porque todo salió como yo lo planifiqué, sino por la fidelidad de Dios."
Él decía que primero debía asegurar su futuro.
Que necesitaba tener dinero.
Que quería casarse cuando ya tuviera algo que ofrecer.
Pero al mismo tiempo pensaba que podía vivir en desobediencia mientras llegaba ese momento.
La Palabra enseña exactamente lo contrario.
Primero viene la obediencia.
Después viene la bendición.
Abraham obedeció primero.
Luego trabajó.
Luego caminó.
Luego esperó.
Pero nunca dejó de creer que el futuro estaba en las manos de Dios.
Lo que Dios bendice permanece bendecido.
Lo que Dios maldice permanece bajo maldición.
Por eso Dios le dijo:
"Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré." ( Génesis 12:3 ).
La obediencia fue el camino por el cual Abraham comenzó a ver lo celestial.
Y sigue siendo el mismo camino para nosotros hoy.