Efesios 6:10-18
Lucas 10:17-20
Marcos 1:21-28
La liberación es una obra real dentro del ministerio de Cristo, pero nunca debe convertirse en el centro de la vida de la Iglesia. Cristo es el centro, y la liberación es parte de su obra redentora.
Antes de hablar sobre liberación espiritual, es necesario establecer una verdad:
La Biblia no presenta al creyente como alguien que vive en un mundo donde solamente existe una lucha física y emocional.
Quiero decir además que al hablar de guerra espiritual no estamos hablando de guerra entre Dios y el diablo, ya que realmente nadie puede ser rival del Todopoderoso, pero el enemigo si estorba la vida del hombre, es contra nosotros que esa guerra se desarrolla y es ahi donde debemos prestar atención y vencer.
Pablo dice:
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes.”
Existe un reino de las tinieblas.
Existen poderes espirituales malignos.
Existen demonios y espíritus inmundos.
Existe oposición espiritual contra la obra de Dios.
Y existen personas que pueden encontrarse bajo diferentes formas de opresión, esclavitud o influencia espiritual.
Pero la Iglesia debe aprender a diferenciar los casos y no atribuir automáticamente toda enfermedad, problema emocional, pecado o dificultad a un demonio.
La Biblia presenta a Satanás como un adversario real.
“Vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar.”
También encontramos:
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.”
Pablo utiliza una palabra muy importante:
Esto significa que el enemigo tiene estrategias.
Por eso la Iglesia no debe pelear desde la ignorancia.
“Pues no ignoramos sus maquinaciones.”
La Iglesia debe conocer la Palabra de Dios para reconocer las estrategias del enemigo.
La Iglesia no pelea desde la incertidumbre.
Cristo ya manifestó su autoridad sobre las tinieblas.
“Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”
Jesús expulsó demonios durante su ministerio.
“Y sanó a muchos que estaban enfermos de diversas enfermedades, y echó fuera muchos demonios.”
También:
“Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos...”
Cristo vino a traer libertad.
El Nuevo Testamento utiliza expresiones como:
Por ejemplo:
presenta al hombre de Gadara que estaba bajo una fuerte opresión demoníaca.
También:
presenta a un hombre con un espíritu inmundo dentro de la sinagoga.
La Escritura muestra que estos poderes espirituales reconocen la autoridad de Cristo.
“¿Qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos?”
Y Jesús ordenó:
“Cállate, y sal de él.”
Aquí es importante mantenernos dentro de lo que realmente enseña la Biblia.
La Escritura habla claramente de:
“Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron...”
También:
Judas 6
habla de ángeles que no guardaron su dignidad y abandonaron su propia morada.
Y habla de:
“Porque le decía: Sal de este hombre, espíritu inmundo.”
Este punto es fundamental.
No toda persona que tiene un problema está endemoniada.
No toda enfermedad es un demonio.
No todo problema emocional es un demonio.
No todo pecado significa que una persona esté poseída.
La Biblia presenta diferentes situaciones.
Por eso se necesita:
Pablo menciona entre los dones del Espíritu:
“discernimiento de espíritus”.
La Iglesia necesita discernimiento para saber:
Los Evangelios muestran diferentes situaciones.
Hay personas enfermas.
Hay personas oprimidas.
Hay personas atormentadas.
Hay personas con espíritus inmundos.
Hay personas poseídas o dominadas por poderes demoníacos.
Y Jesús no trató todos los casos exactamente de la misma manera.
Por ejemplo:
El gadareno presenta una manifestación demoníaca extraordinaria.
Pero encontramos otros casos donde Jesús simplemente sana.
La suegra de Pedro estaba enferma y Jesús la sanó.
Por eso no debe establecerse una regla diciendo:
“Todo problema tiene que ser liberación.”
La Iglesia debe discernir.
Judas caminó con Jesús.
Fue uno de los doce.
Escuchó sus enseñanzas.
Vio milagros.
Participó del ministerio.
Sin embargo, llegó un momento terrible.
“Y entró Satanás en Judas, por sobrenombre Iscariote, el cual era uno del número de los doce.”
También:
“Y después del bocado, Satanás entró en él.”
Esto demuestra que la cercanía externa con las cosas de Dios no necesariamente significa que el corazón esté rendido a Dios.
Por eso la Iglesia no debe solamente enseñar cómo enfrentar demonios.
Debe enseñar también:
Aquí aparece una enseñanza muy hermosa en el ministerio de Jesús.
Jesús dijo:
“El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio.”
Y posteriormente:
“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.”
Esto muestra la importancia de la Palabra en la vida del discípulo.
La Iglesia no puede reemplazar el discipulado con sesiones constantes de liberación.
La persona necesita conocer la verdad.
“Si vosotros permaneciereis en mi palabra... conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
La libertad no consiste solamente en expulsar algo.
También consiste en aprender a permanecer en Cristo.
Podemos entender la liberación espiritual como la obra de Cristo mediante la cual una persona es liberada del dominio, opresión o influencia de poderes espirituales malignos, sometiéndose al señorío de Jesucristo.
Pero la liberación no debe separarse del Evangelio.
Cristo no solamente expulsa demonios.
Cristo:
Por eso:
La liberación no debe terminar en la expulsión de un demonio; debe conducir a una vida sometida a Cristo.
El ministerio de liberación aparece claramente en el ministerio de Jesús.
Jesús entra en la sinagoga y encuentra a un hombre con espíritu inmundo.
Jesús ordena al espíritu salir.
Después:
“¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen?”
La autoridad pertenece a Cristo.
Y posteriormente Jesús delega autoridad a sus discípulos.
“Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.”
También:
“Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.”
Este es uno de los textos más importantes para equilibrar este tema.
Los discípulos regresaron emocionados:
“Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.”
Pero Jesús cambia el enfoque.
“Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”
Esto es fundamental.
La reconoció.
Pero les enseñó que eso no debía convertirse en el motivo principal de su alegría.
La mayor bendición no es:
“Los demonios se sujetan.”
La mayor bendición es:
“Mi nombre está escrito en los cielos.”
Los hijos de Esceva intentaron utilizar el nombre de Jesús sin tener una relación verdadera con Cristo.
Dijeron:
“Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo.”
Pero el espíritu respondió:
“A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero vosotros, ¿quiénes sois?”
Este pasaje enseña algo muy serio:
La autoridad espiritual no es una fórmula.
No es repetir determinadas palabras.
No es gritar más fuerte.
No es utilizar una determinada frase.
No es imitar a otro ministro.
La autoridad está relacionada con Cristo y su señorío.
Aquí debemos establecer dos extremos que la Iglesia debe evitar.
Decir:
“Los demonios no existen.”
Eso contradice claramente el testimonio bíblico.
El otro extremo es igualmente peligroso.
Convertir:
Eso también puede llevar a errores graves.
No paranoia espiritual.
Aquí aparece una de las partes más importantes de la prédica.
¿Qué ocurre cuando una iglesia comienza a hablar más de demonios que de Cristo?
¿Qué sucede cuando las reuniones se convierten principalmente en manifestaciones?
¿Qué ocurre cuando las personas buscan constantemente una nueva liberación, pero no quieren crecer en la Palabra?
Puede producirse una Iglesia que sabe identificar demonios, pero que no sabe formar discípulos.
Y Cristo dijo:
“Id, y haced discípulos a todas las naciones... enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.”
La Iglesia es presentada como la esposa de Cristo.
Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella:
“para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra.”
El propósito es presentar:
“una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.”
Esto debe producir una pregunta:
Porque una iglesia puede dedicar muchísimo tiempo a la liberación y muy poco a:
Aquí debemos tratar con mucho cuidado Mateo 12:43-45 .
Jesús dice que cuando un espíritu inmundo sale de una persona, puede regresar y encontrar la casa:
“desocupada, barrida y adornada.”
Entonces toma consigo otros siete espíritus peores que él.
La enseñanza es muy importante.
El problema es que la casa quedó vacía.
La persona necesita ser ocupada por algo mucho mayor:
Por eso no debemos enseñar:
“No expulsen demonios.”
Ese no es el punto del texto.
Jesús mismo expulsó demonios y dio autoridad a sus discípulos.
La enseñanza es:
La liberación no puede quedarse solamente en sacar algo; debe existir una transformación y una vida rendida a Dios.
Una obra tan seria no puede depender de:
Debe existir:
“Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios.”
Y:
“Pero hágase todo decentemente y con orden.”
La liberación tiene su lugar.
La guerra espiritual tiene su lugar.
El discernimiento tiene su lugar.
La autoridad espiritual tiene su lugar.
Pero ninguno de ellos puede reemplazar a Cristo.
“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo.”
Aquí está el verdadero centro:
No solamente fuimos liberados de algo.
Fuimos entregados al gobierno de Cristo.
La Iglesia no debe negar la existencia de las tinieblas.
Pero tampoco debe vivir obsesionada con ellas.
Debe conocer al enemigo, pero conocer mucho más a Cristo.
Debe reconocer la guerra espiritual, pero vivir bajo el gobierno del Espíritu Santo.
Debe ministrar liberación cuando sea necesario, pero también formar discípulos.
Debe expulsar demonios cuando corresponda, pero después debe enseñar a la persona a caminar con Cristo.
Porque la pregunta más importante no es:
“¿Cuántos demonios fueron expulsados?”
La pregunta es:
“¿Cuántas vidas fueron realmente rendidas a Cristo?”
Y tampoco debemos olvidar las palabras de Jesús:
“No os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”
Una Iglesia madura no ignora la guerra espiritual, pero tampoco permite que la guerra espiritual desplace a Cristo del centro.
“El cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados.”