Escapando de Dios
Texto:
Jeremías 24:1-10
Los higos buenos y los higos malos, que de tan malos no se pueden comer, no sirven para nada. Esa es la visión que el Eterno le da a su siervo el profeta Jeremías, y es una visión que quebranta mi corazón, porque esos higos representan al pueblo que se deja tratar por Dios (higos buenos), y los que no se dan cuenta de su condición, no buscan arrepentirse y no se dejan moldear por su Dios (higos malos).
Cuando Dios le dice al pueblo que se rinda, que se dejen tratar, que acepten la reprensión del Todopoderoso, que su enfermedad ya no era curable, y que la única forma era siendo destruidos y hechos nuevos ( Jeremías 30:12-13 ), pero muchos de ellos se rehusaron a ser tratados por Dios. Ese fue el problema: querer ser sanado sin trato y arrepentimiento es imposible a los ojos de Dios.
No se puede, porque el trato de Dios produce arrepentimiento ( 1 Pedro 5:8-10 ). Cuando el corazón está demasiado endurecido no hay otra manera, es como cuando tú sabes que tu hijo es rebelde, pero cuando le vas a dar vara, te abraza y te ruega que no le castigues. Y tú sabes que solo está aparentando arrepentimiento para no ser castigado. Si le dejas pasar, sabes que no estás corrigiéndolo, sino mimándolo. A la final, no cambiará, sino que empeorará.
Así también Dios nos enseña que la rebeldía del corazón del hombre solo se puede corregir con trato duro, como el hijo pródigo que salió de la casa lleno de orgullo y volvió con la actitud de siervo. Esa es la actitud que Dios quiere moldear en nosotros: siervos inútiles ( Lucas 17:10 ).
El falso arrepentimiento (Mateo 3)
Juan el Bautista preparó el camino diciendo:
"Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado."
Y le decía a los fariseos y saduceos:
"Generación de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira venidera? Producid frutos dignos de arrepentimiento."
El bautismo en agua no es un juego. Me sorprende la actitud de Juan el Bautista. Si a nosotros, como predicadores, la gente viene a que los bauticemos, nos alegramos y queremos bautizar a todos, al que es y al que no es. Pero Juan no, él sabía quiénes eran los fariseos y los saduceos, gente rebelde que se hacía llamar líder del pueblo, pero en realidad eran hipócritas.
Juan no los quería bautizar porque huir de la reprensión y del juicio no se puede. La única salida es el arrepentimiento y el cambio de conducta. Dios se disgustó con la gente que se refugió en Egipto, pensando que Él ya no los podría juzgar allí.
Dios habló de los higos malos: aquellos que, por tener dinero y poder en Israel, sufrieron menos aparentemente. Algunos de ellos escaparon a Egipto, huyendo de la reprensión de Dios, como si pudieran huir de Él. La tierra es estrado de sus pies. ¿Dónde me esconderé de tu Espíritu, o Dios?
El Señor dijo: el que huye de mi reprensión será destruido, y el que acepta la reprensión y se arrepiente, será restaurado. Así de sencillo. No te engañes, iglesia. Los que se escondieron en Egipto fueron destruidos, al igual que Egipto mismo fue conquistado y destruido.
Cuando nos empieza a ir mal en las cosas que hacemos: la salud, el trabajo, la familia, la primera idea que debe venir a nosotros es pedirle a Dios que nos enseñe qué estamos haciendo mal, que nos ayude a corregir nuestras faltas. Y es en ese momento donde sale a flote lo mal, lo desagradable y lo pecaminoso que hay en nosotros.
Pero no todos lo ven así. Algunos toman decisiones apresuradas, huyen de la reprensión y del arrepentimiento, se van "lejos de Dios" y tratan de salvar sus vidas sin reflexionar sobre su conducta.
Estos fueron llevados cautivos a Babilonia. No escaparon, sino que cayeron en el trato de Dios, y esto produjo arrepentimiento en sus corazones. Dios cumplió su palabra: los que aceptaron su reprensión y se arrepintieron fueron restaurados, pero ya no como pueblo, sino en sus corazones, liberados del pecado. Ese es el verdadero problema: lo que está en el corazón, y eso es lo que Cristo vino a cambiar, a darnos libertad del maligno, sus demonios y del pecado que nos asedia.
Esta reflexión nos invita a no escapar del trato de Dios, a no huir de la reprensión, sino a rendirnos ante Su voluntad, permitiendo que nos moldee y nos transforme, sabiendo que a través del arrepentimiento y el trato de Dios, experimentamos restauración verdadera.