LA CONVERSIÓN
Introducción
Cuando iniciamos nuestro camino en el cristianismo y decidimos seguir a Cristo, debemos entender que este camino implica varios procesos espirituales: morir a nosotros mismos, morir al pecado, ser crucificados con Cristo, resucitar con Él, lo cual es nacer de nuevo.
Además, como dice 1 Juan 1:9, debemos ser trasladados del reino de las tinieblas al reino de la luz y ser liberados del poder del pecado, que ejerce dominio sobre los que no conocen a Cristo.
Este estudio tiene como propósito entender qué significa convertirse a Cristo, qué implica morir al viejo hombre y nacer de nuevo, y por qué este proceso no debe ser interrumpido. El anhelo de nuestro corazón es que todos lleguemos a la salvación, a la vida eterna y al conocimiento pleno del Hijo de Dios.
¿Qué significa conversión?
Hechos 3:19 destaca dos palabras clave:
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Arrepentíos (metanoéo): pensar diferente, reconsiderar, cambiar de dirección.
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Convertíos (epistréfo): volver, revertir, volverse a Dios, a su ley y a su amor.
Este pasaje enseña que si no hay arrepentimiento genuino y conversión verdadera, los pecados no serán borrados.
¿Puedes imaginar llegar a la presencia de Dios, tras décadas de vida cristiana, y que tus pecados no hayan sido borrados del libro de la vida?
Por ello, es esencial comprender la necesidad de una regeneración, una transformación, un traslado de reino, de las tinieblas a la luz.
Tiempos de refrigerio de parte del Señor
En el mismo pasaje (Hechos 3:19), se promete que después de la conversión vendrán “tiempos de refrigerio”.
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Refrigerio (anápsuxis): recuperar el aliento, revivir.
Esto implica una renovación espiritual. Antes de conocer a Cristo, solo existíamos; éramos criaturas de Dios pero no hijos. Amados, sí, pero no reconciliados.
¿Quién realiza la conversión?
Juan 16:8-13 deja claro que la conversión no es obra del hombre. Es el Espíritu Santo quien convence, redarguye, y lleva a cabo la obra regeneradora.
La conversión comienza cuando nos arrepentimos de corazón, no por obligación, sino con sinceridad.
El ser humano solo debe reconocer su condición pecaminosa y rendirse a Cristo. El resto lo hace Dios, por medio del sacrificio de Cristo y la obra del Espíritu Santo.
Cuando esto ocurre, el Espíritu Santo viene a enseñarnos, guiarnos y fortalecernos, porque Dios sabe que solos no podemos.
Requisitos de una conversión verdadera
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Fe – Hebreos 11:1
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Cambio – Hechos 3:16; Hechos 26:15-20
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Obediencia – Mateo 13:15; Romanos 12:1-2
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Negación del yo – 2 Corintios 3:16; 1 Tesalonicenses 1:9
Una verdadera conversión siempre deja evidencia:
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Se ve en las acciones (Mateo 3:8; Hechos 26:20)
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En el amor por la Palabra (2 Timoteo 2:15)
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En el deseo de comunión con otros creyentes (Romanos 1:11; 1 Tesalonicenses 3:6)
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En la conducta y forma de hablar (Efesios 4:17-32; 1 Pedro 4:1)
Las 5 señales de una verdadera conversión
Según Mateo 7:15-18, el fruto es la evidencia de la conversión. Un árbol bueno da buen fruto; un árbol malo no puede hacerlo. Estas son las cinco señales:
1. El fruto digno de arrepentimiento
Un verdadero convertido se arrepiente sinceramente. El ejemplo de Zaqueo (Lucas 19:1-10) muestra claramente este proceso:
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El Espíritu Santo inicia la obra.
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Zaqueo busca a Jesús.
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Obedece cuando Jesús lo llama.
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Abre su casa y su corazón.
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Se arrepiente.
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Repara lo que dañó.
Si no hay fruto de arrepentimiento, es muy probable que no hubo conversión.
2. El fruto de buenas obras
Colosenses 1:10; Tito 2:7, 2:14, 3:8
Un cristiano verdadero produce buenas obras por amor y gratitud, no por obligación. Como dijo Juan Wesley:
“Haz todo el bien que puedas, por todos los medios que puedas, en todos los lugares que puedas, tantas veces como puedas, a todas las personas que puedas, por todo el tiempo que puedas.”
Las buenas obras callan la ignorancia del incrédulo (1 Pedro 2:15).
3. El fruto de los labios
La boca del creyente confiesa a Dios, adora, y da gracias continuamente. “De la abundancia del corazón, habla la boca” (Lucas 6:45).
4. El fruto del Espíritu
Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, dominio propio… estas cualidades deben empezar a manifestarse, aunque sea poco a poco.
Si alguien sigue viviendo según la carne, probablemente no ha sido convertido (Gálatas 5:19-21).
5. El fruto de justicia
La justicia se manifiesta en un deseo de hacer lo correcto, de apartarse del pecado (2 Timoteo 2:19) y en una hambre por la Palabra de Dios.
Un verdadero cristiano desea y ama las Escrituras. No necesita que lo obliguen a leerla. Es su alimento diario (Salmo 119:162).
Conclusión
Las cinco señales de una verdadera conversión son:
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Fruto digno de arrepentimiento
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Fruto de buenas obras
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Fruto de sus labios
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Fruto del Espíritu
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Fruto de justicia
Mateo 7:18 nos recuerda que el fruto es evidencia convincente de cómo es el árbol: si es bueno (conversión verdadera) o malo (conversión falsa).
Al predicar el evangelio, debemos recordar que no todas las conversiones son verdaderas. Pero también debemos esforzarnos para que la semilla del evangelio caiga en buena tierra. Como enseñó Jesús en la parábola del sembrador, la condición del corazón del oyente influye directamente en el fruto que produce.
