La expulsión de un demonio puede ser un momento de liberación, pero la obra de Cristo en una persona va mucho más allá: Cristo quiere transformar y liberar integralmente al ser humano, comenzando por su reconciliación con Dios y continuando con la transformación de su alma.
Cuando hablamos de liberación dentro de la Iglesia, muchas veces nuestra atención se concentra en echar fuera demonios.
Para algunas personas, la liberación termina cuando un demonio sale.
Pero bíblicamente debemos entender que la obra de Cristo es mucho más profunda.
Una persona puede experimentar algo de Dios en su vida, y sin embargo, continuar viviendo con:
Por eso debemos comprender algo fundamental:
La expulsión de un demonio puede ser solamente el comienzo; la transformación del alma requiere un proceso de fe, arrepentimiento, obediencia y perseverancia delante de Dios.
La verdadera pregunta no es solamente:
“¿Salió el demonio?”
La pregunta también es:
“¿Qué está haciendo Cristo ahora con la vida de esa persona?”
La Biblia presenta al ser humano como una persona integral.
Pablo habla de:
espíritu, alma y cuerpo.
Por eso la salvación que Cristo ofrece no consiste simplemente en solucionar una manifestación espiritual.
Cristo viene a transformar la vida.
La obra de Dios alcanza:
Por eso podemos hablar de una liberación del alma, entendiendo esta expresión como la transformación de la vida interior del ser humano mediante Cristo.
La verdadera libertad comienza cuando una persona reconoce quién es Cristo.
No comienza con un ritual.
No comienza con una fórmula.
No comienza con una práctica de exorcismo.
Comienza cuando el ser humano se encuentra con Jesucristo y reconoce:
“Necesito un Salvador.”
La persona debe creer en su corazón y reconocer a Cristo como Señor y Salvador.
Porque nadie puede experimentar la verdadera libertad espiritual mientras continúa rechazando a Aquel que vino a salvarlo.
La historia de la mujer cananea es extraordinaria.
Esta mujer tenía una hija gravemente atormentada por un demonio.
Ella sabía que había un problema espiritual.
Y por eso acudió a Jesús.
Pero lo interesante del relato es que Jesús no responde inmediatamente como ella esperaba.
Ella clama:
“¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!”
Pero Jesús permanece en silencio.
Entonces los discípulos intervienen.
Finalmente Jesús le responde:
“No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos.”
Y aquí aparece uno de los momentos más importantes de la historia.
La mujer no se ofende.
No abandona.
No exige.
No reclama derechos.
Se humilla.
Y responde:
“Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos.”
Entonces Jesús responde:
“Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres.”
Y su hija fue sanada.
Aquí encontramos una enseñanza fundamental.
La mujer llegó a Jesús porque sabía que no podía resolver el problema por sí misma.
Ella necesitaba misericordia.
Ella necesitaba intervención divina.
Ella necesitaba a Cristo.
Y cuando Jesús puso a prueba su corazón, ella no se justificó.
Se humilló.
Esto nos enseña que una persona no puede experimentar una verdadera transformación mientras se niega a reconocer su condición.
Mientras una persona diga:
“Yo no tengo ningún problema.”
“No necesito a Dios.”
“Yo puedo solucionarlo solo.”
“El problema siempre son los demás.”
será muy difícil que avance hacia una verdadera transformación.
La liberación comienza cuando reconocemos:
“Señor, necesito de ti.”
La mujer cananea no llegó con una fórmula.
Llegó con fe.
No llegó diciendo:
“Sé cómo expulsar demonios.”
Llegó diciendo:
“Señor, ayúdame.”
Y esta diferencia es fundamental.
La Iglesia no debe enseñar a las personas a depender de hombres, rituales o fórmulas.
Debe llevarlas a depender de Jesucristo.
Porque el centro de la liberación no es el ministro.
El centro de la liberación es Cristo.
A lo largo de la historia han existido personas que se han presentado como exorcistas y que han utilizado diferentes métodos, rituales, fórmulas y prácticas para intentar liberar a las personas.
Sin embargo, la Iglesia cristiana debe tener cuidado de no convertir la liberación en un espectáculo, una técnica o una fórmula.
La autoridad no está en:
La autoridad pertenece a Jesucristo.
La Iglesia anuncia a Cristo y depende de Él.
Aquí encontramos una diferencia fundamental.
No debemos reducir la liberación a:
“Sacar algo malo.”
La obra de Cristo también consiste en:
“Formar algo nuevo.”
Por eso la persona necesita comenzar a vivir una nueva vida.
Debe aprender a:
La liberación no debe producir solamente una persona que diga:
“El demonio salió.”
Debe producir una persona que pueda decir:
“Ahora pertenezco a Cristo y quiero vivir para Él.”
Esta es una de las ideas principales del sermón.
La liberación del alma no necesariamente ocurre en un solo momento.
Hay áreas de nuestra vida que necesitan ser trabajadas por Dios.
Cristo comienza una obra en nosotros y nosotros debemos caminar en obediencia.
Hay pensamientos que deben ser renovados.
Hay heridas que deben ser entregadas a Dios.
Hay pecados que deben ser abandonados.
Hay hábitos que deben ser reemplazados.
Hay relaciones que necesitan ser ordenadas.
Hay decisiones que deben cambiar.
Por eso la vida cristiana es también un proceso de transformación.
Aquí conviene introducir este concepto con cuidado y llevarlo al terreno bíblico.
Muchas veces se habla de “legalidad espiritual” como si existiera una especie de contrato independiente de Dios que le diera derechos absolutos al enemigo.
La Biblia sí enseña que el pecado tiene consecuencias y que debemos cerrar las puertas al pecado, pero el fundamento de nuestra libertad no es una fórmula para quitarle “derechos legales” al diablo.
Nuestra esperanza está en Cristo.
La obra de Cristo es superior a cualquier esclavitud.
Jesús enseñó:
“¿Porque cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata?”
La enseñanza de Jesús es que para entrar en la casa del hombre fuerte y saquear sus bienes, primero hay que atarlo.
Esto nos muestra la autoridad superior de Cristo.
Cristo es más poderoso que aquello que mantiene esclavizada a una persona.
Pero debemos evitar convertir este pasaje en una fórmula de liberación.
El poder no está en repetir:
“Te ato, te ato, te ato.”
El poder está en Jesucristo.
La mujer cananea llegó con una situación de opresión.
Pero terminó encontrándose con Cristo.
Y ahí está el verdadero centro de la historia.
No solamente se resolvió un problema.
Una mujer se encontró con Jesús.
Y cuando una persona realmente se encuentra con Cristo, comienza un cambio de dirección.
La Biblia describe la salvación como pasar:
de las tinieblas a la luz.
No se trata solamente de cambiar una manifestación.
Se trata de cambiar de reino.
Dejar las tinieblas.
Entrar en la luz.
Dejar la esclavitud.
Caminar en Cristo.
Podemos resumir este proceso en varias acciones:
Reconocer nuestra necesidad de Dios.
Abandonar el pecado y volvernos hacia Dios.
Poner nuestra fe en Jesucristo.
Dejar de gobernar nuestra vida independientemente de Dios.
Aprender a pensar conforme a la Palabra.
Soltar la amargura y entregar las heridas a Dios.
No basta con conocer la verdad; debemos vivirla.
La libertad debe mantenerse caminando diariamente con Cristo.
Esta puede ser una de las partes más fuertes del sermón.
Después de una ministración de liberación debemos preguntarnos:
¿Qué pasará mañana?
¿La persona va a buscar a Cristo?
¿Va a congregarse?
¿Va a leer la Palabra?
¿Va a abandonar aquello que la esclavizaba?
¿Va a perdonar?
¿Va a ordenar su vida?
¿Va a caminar en santidad?
Porque si solamente buscamos:
“Que el demonio salga”
pero no buscamos:
“Que Cristo gobierne”
no hemos entendido completamente la obra de Dios.
Jesús enseñó en Mateo 12:43-45 acerca del espíritu inmundo que sale de una persona y después regresa.
La enseñanza muestra un principio importante:
No basta con sacar lo malo; debemos llenar nuestra vida de Dios.
Una vida vacía queda vulnerable.
Por eso necesitamos:
La libertad cristiana no consiste en vivir obsesionados con demonios.
Consiste en vivir centrados en Cristo.
La Iglesia necesita recuperar una visión bíblica de la liberación.
No podemos convertir la liberación en espectáculo.
No podemos hacer de ella una competencia entre ministros.
No podemos enseñar a las personas a depender de rituales.
No podemos hacer que el creyente viva obsesionado con demonios.
Debemos llevarlo a Jesucristo.
Porque Cristo no vino únicamente para sacar demonios.
Cristo vino para salvar.
Cristo vino para perdonar.
Cristo vino para restaurar.
Cristo vino para transformar.
Cristo vino para hacer nuevas todas las cosas.
La mujer cananea llegó buscando libertad para su hija.
Pero terminó demostrando una fe que reconoció quién era Jesús.
Y ahí encontramos la clave:
La verdadera liberación comienza cuando el ser humano deja de confiar en sí mismo y se rinde ante Jesucristo.
“No busquemos solamente que el demonio salga de una persona; busquemos que Cristo entre en su vida, gobierne su corazón, transforme su mente y convierta toda su existencia de las tinieblas a la luz.”