El fruto del Espíritu Santo
La vida de las personas que hemos sido redimidas por la sangre de Jesucristo y hemos alcanzado su gracia nos lleva cada vez más a la necesidad de depender de su presencia en nuestras vidas. Cada vez que el Espíritu Santo hace su obra en nosotros y somos sensibles a sus correcciones, Él nos lleva a cuidar nuestra limpieza espiritual.
«No se puede limpiar lo que no está sucio». Nuestra vida muchas veces enfrenta luchas contra los deseos de nuestra vida pasada y contra nuestra naturaleza pecaminosa. Pero cuando reconocemos abiertamente nuestras faltas delante de Dios, Él tiene misericordia de nosotros y nos ayuda, porque no es con nuestras propias fuerzas, sino con su Santo Espíritu.
Zacarías 4:6: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos».
Muchos podemos caer en el engaño de seguir arrastrando una manera de vivir titubeante y sin propósito, pensando que todo está bien en nuestro caminar y que nada necesita cambiar. Podemos llegar a pensar: «Si hoy mentí y no le hice daño a nadie, entonces está bien»; o «Si hoy hablé mal de alguien, pero lo hago de vez en cuando, entonces puedo dejarlo pasar».
Sin embargo, Dios nos llama a examinar nuestra vida constantemente y permitir que Él transforme aquello que todavía necesita ser cambiado.
Gálatas 5:22-23 nos habla del fruto del Espíritu Santo que debe ser producido y reflejado en nuestras vidas: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio.
Toda persona que ha nacido de nuevo debe buscar siempre el cambio, no solamente en lo exterior, sino también en lo interior, en aquello que está en el corazón. Debemos entender que el fruto del Espíritu Santo no es algo que aparece de repente o cuando menos lo esperamos; es el resultado de morir a nuestros propios deseos y permitir que Dios haga su obra en nosotros.
Dios quiere transformar nuestras vidas y que el fruto del Espíritu Santo sea reflejado en cada una de nuestras acciones. Esto significa dejar lo malo de lado y buscar el bien cada día, en todo momento y en todo lugar: con las personas que nos rodean, en nuestra manera de actuar y, sobre todo, delante de la presencia de Dios.
El fruto del Espíritu no solamente debe ser algo que conozcamos o mencionemos; debe ser algo que se evidencie en nuestra manera de vivir. Porque cuando permitimos que el Espíritu Santo gobierne nuestro corazón, nuestra vida comienza a reflejar cada vez más el carácter de Cristo.
¿Hay algo que quieres reconocer delante de Dios?
Hazlo de manera libre y sincera, porque nuestro Padre está atento a un corazón humillado.